Si hay algo que se ha puesto complicado en estos tiempos es abrir la boca sin que a uno le salten a la yugular. No importa si hablas de política, religión, fútbol o del precio de la lechuga: siempre hay alguien dispuesto a indignarse. No es que antes fuéramos más civilizados. También nos peleábamos, también se rompían amistades por pavadas. Pero al menos, después de un grito y un portazo, se podía volver a sentar a la mesa como si nada. Ahora no. Ahora la conversación es un campo minado y la gente anda con el dedo en el gatillo.

Y ahí está el problema. No en lo que se dice, sino en cómo se dice. Porque al final, el viejo refrán de “de política, religión y deporte no se habla” nunca fue cierto. Siempre se habló, siempre se discutió. Lo que pasa es que antes, aunque te cruzaras feo con el vecino, al otro día igual le pedías la manguera prestada. Ahora parece que una diferencia de opinión es suficiente para borrar a alguien del mapa.

El problema es que nos estamos olvidando de conversar. De esa charla de sobremesa que se iba estirando entre el café y el postre, donde se podía disentir sin necesidad de declarar la guerra. No digo que todo fuera paz y armonía, pero había algo que hoy escasea: la paciencia para escuchar sin saltar a la defensiva.

Hemos confundido la opinión con la identidad, y ahora cualquier desacuerdo es un ataque personal. Pero, ¿no será que nos tomamos demasiado en serio a nosotros mismos? ¿No será que nos hace falta un poco de ironía, un poco de humor? Porque discutir sin humor indigesta.

Así que sí, de eso no se habla… pero al final se habla. Se discute, se grita, se insulta en redes sociales. El asunto no es el tema, sino el tono. Y hasta que no aprendamos a hablar sin afilar los cuchillos, seguiremos condenados a monólogos furiosos donde nadie escucha y todos gritan. Y después nos quejamos de la soledad.