Escribe Julio Enrique Estévez

DON DANIEL

Cuando, para dar forma estructural a mi libro sobre los sucesos de Monte, acaecidos en 1926, comencé a investigar cabalmente los hechos, me topé ineludiblemente con una figura magistral: Daniel Videla Dorna.

No es honor, mérito ni cánon del entonces Partido Conservador que éste ilustre hombre perteneciera a sus filas, ni que más tarde lo representara en el Parlamento Nacional.

Tampoco, que por su medio, fuera Intendente Municipal de Monte.

Es otra cosa.

Simplemente, que don Daniel lejos de conformar el tipo de representante político de un partido, consagró un principio moral que muy lejos estuvo de sustentar el Partido Conservador.

Comencemos, para ser veraces, por ser, como cuadra, verazmente sinceros.

Nada más, ni nada menos.

La honradez, y la ecuanimidad, junto con la sensatez debieran ser norma de los hombres. Desgraciadamente, no es así.

Don Daniel antes que pro-conservador, antes que conservador, fué un soñador. Me permitió asegurarlo, facultado por el exhaustivo estudio que de su vida, y su obra, he realizado, por considerarlo un entero varón.

Fué un soñador al estilo de aquellos grandes de la emancipación americana, a la forma de los profundamente patriotas, portador de una ingenita bravura, y de tan bravo, de tan valiente, muchas veces ingenuo!

Sí, ingenuo! Don Daniel fué ingenuo en muchos momentos de su agitada vida!

Aunque que no lo parezca, esto también lo afirmo en forma categórica.

Como todos los grandes, formidables intuitivos—don Daniel fué uno de ellos—adoleció de una insospechada candidez.

Y como tal, creyó en muchos hombres que luego defecionaron lamentablemente.

Pero, lamentablemente para ellos no para él.

Ante los demás, no cuenta cómo han quedado quienes lo olvidaron, sino ante sus conciencias, que, ya llegará el momento, han de pedir rendición de cuentas.

Justicia es también anotar, que lo que hizo, no fué inspirado en la pretensión de recibir luego gratitud u homenaje alguno, sino que su Destino, lo empujó con ímpetu patriota hacia los objetivos que la historia fija en el recuerdo.

Pero, si bien afirmar esta verdad es justicia, no por ello deja de ser también justicia, el señalar que los hombres tienen el deber de moralizar sus actos en todo momento, pues para eso son hombres.

Pues que Dios, creó la especie humana otorgándole sobre la tierra la potestad de la razón.

Por algo lo hizo.

Para algo lo hizo.

Para que los hombres usen la moral, como medio y fin insustituible e insoslayable para la consolidación definitiva de la verdad.

Don Daniel estanciero acaudalado, y Don Daniel pobre y solo.

Amigos de don Daniel pobres y luego confortan y en intensa vida social y política.

Así, podemos diagramar un formidable sarcasmo.

La eterna Verdad. Es decir, la mentira en marcha, sin solución de continuidad.

Tal vez lo que digo, sea amargo para algunos.

Les guste a otros.

Pero, sin mengua de los unos ni los otros, es la más depurada verdad.

¿Alguien osa discutirla?

No.

Para negarlo hay que ser tonto o loco.

No digo canalla, porque los canallas suelen ser tácticos depurados, y saben muy bien cuando deben y cuando no deben afirmar o negar cualquier hecho.

Don Daniel fué muy rico—financiera y económicamente hablando—no tuvo necesidad especulativa alguna para ingresar al campo político argentino.

Era de San Miguel del Monte y quiso a su pueblo con el desinterés de los grandes.

Esto no es fácil comprenderlo, cuando de la vida se hace una institución lo integralmente mediocre, como para no pensar en los demás, y sólo "acarrear agua para su propio molino".

Pero, cuando los hombres tienen luz en la conciencia, cuando a los bienes materiales anteponen los valores humanos, cuando son capaces de juzgarse hasta la vida por una causa justa—no importa su proyección—entonces se entenderán a los hombres como don Daniel.

Y se los querrá.

Y se los amará.

Y se educarán los hijos en esa escolástica augusta, como único principio y fin del motivo de vivir.

El deber de ser todo lo buenos y justos que nuestro medio nos permita.

Se proyecta un homenaje a don Daniel.

Se estiman invertir muchos miles de pesos en un monumento, monolito, o lo que resulte. Calificados vecinos se encuentran en esa labor.

Hace dos años, don Daniel cerró con sus ojos la multiforme diversidad escénica de sus pasiones, emociones y hechos de diverso orden que incidieron en su noble corazón.

Que pudieron más que su vida.

Que lo mataron.

Yo, viví muy cerca de él los últimos tiempos.

Sin visitar su casa. Sin frecuentarlo.

Sólo viéndolo de cuando en cuando, con el respeto y el profundo amor con que sólo se ven las cosas formidables que se veneran.

Don Daniel murió triste. Muy triste.

Yo no tengo—lo confieso—el suficiente equilibrio nervioso para ahora después de que él ha muerto, incorporarme a una sonora descripción de sus virtudes ciudadanas, con el fin de lograr fondos para que se le haga una estatua o lo que fuere.

Pero me sobra coraje para afirmar con toda mi alma, que don Daniel murió triste.

Don Daniel ayer rico con amigos muy pobres.

Don Daniel muere pobre con amigos muy ricos.

¡Qué vida!

¡Qué ironía!

¡Qué verdad!

Quiero epilogar estas líneas para darle el fundamento final estructural de la siguiente forma:

San Miguel del Monte es de por sí el mejor monumento que tiene don Daniel.

Quien lo camine, se topa con don Daniel en cada esquina.

Don Daniel vive en el pecho de los vecinos nobles de Monte.

No obstante y por aquello de Roldán: "Pa de nuestro que estás en el bronce" don Daniel tendrá su estatua. Que eso debe ser: estatua.

Pero, confieso que hubiera anhelado que don Daniel no hubiera muerto:

Ni tan triste.

Ni tan solo.

Ni tan pobre.

Sobre todo con amigos que ayer no fueron como hoy.

Tan alegres.

Tan despreocupados.

Tan ricos.