En San Miguel del Monte, provincia de Buenos Aires, el agua corriente contiene arsénico suficiente para matar lentamente. Frente a la desidia de Aguas Bonaerenses S.A. (ABSA), un grupo de vecinos transformó la indignación en movimiento. Esta es la historia de siete años donde algo cotidiano se transformó en un acto de resistencia.
1. La sospecha
La canilla escupe un chorro cansino, como lágrimas mal contenidas. Cuando fluye, es una ruleta rusa silenciosa. No deja en la garganta un regusto a batería vieja ni a tierra enmohecida; es un fantasma que se instala en la memoria del cuerpo.
En este pueblo rodeado de lagunas espejadas, Mercedes Bonnich, en su séptima década de vida, pelo blanco, manos surcadas de tiempo y con una energía inquieta, escuchó en 2017 la palabra maldita en la radio de su cocina. “Escuché que alguien hablaba del arsénico en el agua”. Le dije a Gloria: “Acompáñame, esto nos está matando”, recuerda con voz pausada pero firme.
La sospecha se convirtió en pregunta. Y la pregunta en movimiento.
2. La organización
Pronto se sumó Germán Larroza, peluquero del barrio, mirada atenta. Juntos enviaron cartas a ABSA (Aguas Bonaerenses S.A.) advirtiendo sobre los 0.08 mg/l de arsénico, 8 veces el límite mortal de la OMS.
La respuesta oficial: silencio administrativo. “Esperamos días y nada”.
El 15 de marzo de 2018, cincuenta vecinos rodearon las oficinas de ABSA. Surgió así el colectivo “Todos x el Agua”. Vecinas, madres, abuelas, docentes, en unidad por algo que se aprende de niño pero se olvida con el tiempo: el agua es un derecho. No un lujo. No un servicio.
En las asambleas se organizaban marchas, se repartían volantes, se hacían publicaciones. Se compartía el miedo, pero también la esperanza. "Nos reuníamos con frecuencia, aunque no supiéramos bien qué hacer. Pero nos teníamos las unas a las otras", recuerda Graciela, una de las voces más activas.
3. El juicio y el eco
La paciencia que no se rinde.
En ese contexto de búsqueda de pruebas, la tenacidad de una vecina encontró el camino legal. Graciela recuerda el momento exacto: “Cuando me enteré que iban a juntar a la gente enfrente de ABSA, yo fui con mi marido. Habían hecho una nota pidiendo respuestas y fuimos a buscar la respuesta. ¿Y sabes qué? Nada. Ni. Yo dije: ‘Así esto no va a ir’”.
Fue en esa reunión donde escuchó la chispa que encendería la esperanza: en 9 de Julio habían ganado un juicio. “Salí decidida a buscar quién había llevado ese caso. Busqué en internet ‘juicio 9 de Julio ABSA’ y di con el nombre de Juan Kersich. Lo busqué en Facebook, le mandé un mensaje en julio y me respondió recién en septiembre. Estaba con la notebook cuando vi su mensaje: ¡me dio una alegría! Me dijo que hable con Fernando Cabaleiro, el abogado, que no me preocupara, él cobraba cuando ganaba la causa. Eso nos dio tranquilidad”.
Inspiradas por ese caso exitoso, el colectivo contactó finalmente con la asociación Naturaleza de Derechos y al abogado Fernando Cabaleiro.
“Quedó que el doctor Cabaleiro vendría el 11 de octubre. Nos juntamos en lo de Gloria. Éramos Mercedes, Ana, mi madre Graciela, Alicia, Maricarmen, Violeta… mesa con mantel blanco, mate y té. Él nos explicó los pasos: recolectar agua de distintos puntos, mandar análisis, hacer campañas, ir a las escuelas”.
Con Cabaleiro, María Carmen, Mercedes, Graciela y miembros del grupo todxs por el agua, presentaron el amparo judicial que obligaría a ABSA a suministrar agua segura.
“Fuimos a los barrios, a las escuelas, hicimos ollas, juntamos fondos para llevar a los chicos a La Plata cuando hacía falta”.
Mientras los abogados presentaban recursos, el agua seguía transportando 0.05 mg/l de arsénico, suficiente para causar HACRE (Hidroarsenicismo Crónico Regional Endémico): lesiones cutáneas, cáncer de vejiga, neuropatías.
El agua envenenada no era metáfora. “Era un hecho con firma, sello y expediente”.
María Carmen, docente jubilada, de espíritu inquieto e incansable, muestra el análisis químico con el logo de ABSA.
4. La burocracia
La respuesta estatal fue rápida en el discurso y lenta en los hechos. "Nos dijeron que estaban por agrandar la planta. Que pronto. Que estábamos en prioridad uno. Pero nunca vimos planos, ni plazos, ni obreros", resume una vecina.
Los camiones cisterna comenzaron a disponer de agua en el pueblo, y a repartir bidones. El gesto era más simbólico que efectivo. La logística no alcanzaba. Algunas familias recibían agua. Otras, no. El conflicto se diluía entre promesas, papeles y semanas que se convertían en años.
Se había montado un espectáculo burocrático.
La solución era tan simbólica como inútil: un parche en una herida profunda.
5. El cuerpo y la estadística
Un informe reciente muestra que el agua de red sigue excediendo los límites. Además del arsénico, contiene sodio (511 mg/l), sulfatos, cloruros y nitratos en valores preocupantes.
El agua en Monte no alivia. El agua, que debía ser olvido transparente, pureza sin memoria, deja en la garganta un rastro terco. No es sed lo que sacia, sino la revelación de una violencia disuelta: la huella química, el residuo invisible de negligencias ajenas. El regusto de la injusticia.
"Nosotras no somos técnicas, pero aprendimos a leer informes, a entender tablas, a hablar con médicos. A defender lo evidente", dice María Carmen.
Mercedes lo explica sosteniendo un vaso turbio: “Aprendimos que 0.05 mg/l significa: un niño que tome 2 litros diarios acumula en 10 años arsénico suficiente para desarrollar tumores".
6. El futuro en disputa
Monte es también silencio. Muchos no quieren hablar. Otros ya se resignaron. Pero en la plaza, en las escuelas, en los grupos de WhatsApp, la lucha sigue. No con gritos, sino con persistencia.
"Queremos que el agua vuelva a ser lo que era. Que los chicos puedan tomar de la canilla. Que no tengamos que desconfiar de cada sorbo", dice Graciela. Su voz es firme. No suena a consigna. Suena a necesidad.
Hoy, la planta de ósmosis inversa concebida en 2017, ordenada en 2019, iniciada en 2023, es una realidad y para fin de este año podríamos tener en nuestras canillas agua apta para el consumo humano.
7. El agua como espejo
La laguna de Monte refleja el cielo, pero también los pendientes. En su superficie se acumulan los ecos de lo no dicho, de lo postergado.
La lucha por el agua en Monte no es un capítulo cerrado. Es un pulso abierto. Una gota que persiste. Un reclamo que se filtra entre la costumbre y el hartazgo.
Epílogo: El guardián, la puerta y el agua
Como un umbral que se mantuvo entornado, resistiendo al tiempo y las voluntades, hoy comienza a abrirse. Si todo continúa su cauce, para fin de este año —como si fuera una promesa que atraviesa generaciones— podría haber en las canillas agua apta para consumo humano. Agua sin arsénico, sin miedo, sin excusas.
La historia completa de esta lucha —de este largo forcejeo entre vecinos, instituciones, burocracias y silencios— puede parecer lineal en retrospectiva, pero ha sido, en verdad, una trama de idas y vueltas, de esperas que se volvían eternas y avances que parecían milagros. Pero también con gestos nobles: el abogado ambientalista que ofreció su tiempo, el ingeniero que explicó una vez más los niveles de arsénico, la concejala que tendió un puente.
Desde las primeras reuniones autoconvocadas en 2018 hasta las visitas técnicas de 2024, pasando por licitaciones fallidas, pandemias, marchas, audiencias y cautelares, lo que no se quebró fue la voluntad. Porque cuando hay un objetivo claro, la lucha ciudadana se convierte en un pulso que no se deja interrumpir, ni por la inercia del poder ni por la fatiga del tiempo.
Y entonces, lo impensado se vuelve cotidiano. Agua en la canilla. Eso tan simple y vital.
Esta crónica se construyó con entrevistas, documentos judiciales, informes técnicos y la memoria viva del colectivo Todos x el Agua.


