La puesta en escena de este cipayismo explícito expone la preocupante inmadurez que guía la política exterior del mandatario. Desde subirse con sobreactuación militar al portaaviones nuclear norteamericano USS Nimitz hasta intervenir áreas portuarias estratégicas, Milei confunde la claudicación con la audacia. Esta fascinación casi mística por Donald Trump ha arrastrado la diplomacia nacional a un estado de mendicidad, donde el jefe de Estado subordina el patrimonio de todos los argentinos a cambio de palmaditas en la espalda y validación en las redes sociales. La gravedad del "Programa de Protección de los Bienes Comunes Globales" radica en su asimetría humillante. Mientras el relato oficial intenta disfrazar la entrega como un salto tecnológico, el país acepta de rodillas un tutor extranjero para sus propias aguas territoriales. Esta genuflexión ante el Comando Sur no solo dinamita décadas de doctrina de defensa nacional, sino que involucra activamente a la Argentina en un tablero de ajedrez militar y geopolítico ajeno que pone en riesgo la neutralidad histórica de la región. El balance de esta gestión es desolador: Milei rifa la soberanía aérea, espacial y ahora marítima para sostener su fantasía de pertenecer al círculo íntimo del poder global. La crónica de estas jornadas tristes registrará que el mismo presidente que vocifera una libertad abstracta en los atriles terminó gerenciando el territorio nacional como una dócil colonia del siglo XXI. El autoproclamado "león" resultó ser un subordinado predecible cuando se trata de complacer a sus referentes del Norte.