Un domingo de elecciones en Monte no siempre tiene clima de fiesta. A veces pesa la sensación de rutina, como si ir a votar fuese apenas cumplir un trámite. En las charlas se repite el argumento: “¿Para qué voy a votar si el pozo de la esquina sigue igual desde hace 25 años?”. Ese gesto de desánimo —que muchas veces se traduce en no ir a votar— sostiene más de lo que parece. La ausencia también vota.

Los datos muestran que en las elecciones locales recientes, la participación en Monte apenas superó el 60 %, muy por debajo de otros años, cuando rondaba el 82–83 %. La tendencia se repite en el país: en barrios populares de la Ciudad de Buenos Aires, como la Villa 31, apenas votó el 37 % en mayo pasado. Según estudios recientes, más de la mitad de los jóvenes argentinos dicen no sentirse representados por ningún partido político. El desencanto ya no es solo voto en blanco; es deserción.

Pero ese argumento —“todos son iguales”— muchas veces esconde una doble vara. Se le reprocha al gobernador que no haya resuelto las cloacas o las viviendas en seis años, mientras que se mira con indulgencia al municipio cuando no tapa baches, ni limpia zanjas desde hace años. Se carga toda la bronca sobre quien no es de mi agrado político, pero se perdona la inacción de quienes gobiernan cerca. Ese recorte selectivo, más que desconfianza en la política, es preferencia velada: cuando no se vota, se favorece al statu quo.

Los investigadores hablan de “polarización afectiva”: no son solo ideas, son emociones las que mueven a la gente. Bronca, esperanza, resignación. La decisión también tiene un costo emocional y político. Que la apatía puede ser tan poderosa como el entusiasmo, pero en dirección contraria: sostiene lo que ya está.

No hay recetas mágicas contra el desánimo. Pero quizá convenga empezar por lo simple: distinguir responsabilidades, exigir a cada nivel de gobierno lo que corresponde, y participar aunque no haya candidatos perfectos.

Acerca de los candidatos “vecinos”

En ese clima, los candidatos suelen presentarse como “un vecino más”. Es una fórmula que suena cercana, pero que también vacía de contenido. Vecinos somos todos; lo que distingue a un candidato no es su dirección en el DNI, sino su capacidad de asumir un proyecto, sostener ideas, ponerlas a prueba y hacerse cargo de los costos de exponerlas.

La democracia se empobrece cuando la única carta de presentación es “ser uno más”. Se enriquece cuando alguien dice con claridad: “esto quiero hacer, así lo pienso llevar adelante, y me someto al voto popular”. Ahí se da la verdadera diferencia: entre quienes solo ofrecen convivencia sin rumbo, y quienes se animan a disputar un futuro distinto.

La otra cara del domingo

Si algo queda claro después de cada elección es que la política no vive solo en los discursos ni en los cargos. Vive, sobre todo, en quienes le ponen el cuerpo. En los militantes que doblaron boletas hasta la madrugada, los que salieron a repartirlas casa por casa, los que colgaron carteles en cada esquina y en cada pueblo. En los que prestaron vehículos para movilizar, en los que armaron viandas, en los fiscales de mesa y los fiscales generales que defendieron cada voto. En quienes acompañaron desde las redes, los grupos, o desde el centro de cómputo sumando planilla por planilla.

Ellos muestran que, más allá del desencanto, todavía hay quienes creen que la política puede mover algo. Esa energía, silenciosa y persistente, es la que sostiene el proceso democrático.

El votante desanimado puede elegir la comodidad de la ausencia. Pero hay quienes, con convicción, eligen estar. sostener la democracia no es solo un trámite, sino una construcción viva, hecha de manos, de voces y de sueños colectivos.

El desafío queda planteado: ¿cómo transformar el desánimo en participación? ¿Cómo hacer que la política vuelva a ser una opción deseable y no un trámite pesado?