En los manuales de historia china hay un período que no se olvida: el "siglo de humillación", de 1839 a 1949. Empezó con cañoneras británicas en el puerto de Cantón y terminó con la proclamación de Mao en la Plaza de Tiananmen. Entre medio, un imperio milenario vio cómo Francia, Japón, Alemania, Rusia y Estados Unidos se repartían sus puertos, cobraban impuestos en sus ciudades y juzgaban con sus propias leyes en territorio ajeno.
La particularidad de ese siglo no es solo el despojo económico —eso es viejo como la historia—, sino algo más íntimo: la fractura de la identidad nacional. China había sido el Reino del Centro, el eje de Asia. De pronto, sus propias leyes no corrían en sus propias calles. La humillación fue material, pero también fue cultural, fue simbólica
Guardemos esa imagen. Volvamos a nuestro amado país, 24 de marzo de 1976.
El día que cambió la ecuación
Las Fuerzas Armadas tomaron el poder ese día. Al corto tiempo, José Alfredo Martínez de Hoz, anunció un "programa de recuperación y expansión". El lenguaje era aséptico. Las consecuencias, cualquier cosa menos eso.
La reforma financiera de 1977 liberó las tasas de interés y abrió la cuenta de capitales. En la práctica, instaló una mesa de ruleta donde el dinero se multiplicaba más rápido apostando que produciendo. ¿Para qué invertir en una fábrica si un plazo fijo rendía 40% anual en dólares? Te suena? La "tablita cambiaria" garantizaba el negocio: el Estado anunciaba de antemano cuánto valdría el dólar los próximos meses. Entrabas con dólares, salías con más dólares. Las fábricas se fundían mientras florecían las financieras.
Los números condensan el naufragio, el fracaso que persiste. En 1975, la deuda externa sumaba 7.875 millones de dólares. Siete años después, en 1982, había trepado a 45.087 millones. Un salto del 472%. No fue endeudamiento productivo: se evaporó en fuga de capitales o se quemó subsidiando importaciones que hundieron a la industria local.
El golpe de gracia llegó el 1° de junio de 1982, en plena Guerra de Malvinas. El régimen emitió el decreto 1.387 y, de un plumazo, estatizó unos 15.000 millones de dólares de deuda privada. Los principales grupos económicos habían tomado créditos en dólares, apostado fuerte en la timba financiera, y cuando estalló todo transfirieron las pérdidas al Estado. Fue el bautismo de fuego de una lógica que después se normalizó: riesgos privados, rescates públicos.
El péndulo que no para
Alfonsín asumió en 1983 con la democracia recuperada y las finanzas destrozadas. Lanzó el Plan Austral, congeló precios, buscó caminos heterodoxos. Funcionó un año. Después la inflación volvió, feroz. En 1989 los precios subieron 5.000% en doce meses. Alfonsín entregó el poder seis meses antes.
Menem estabilizó atando el peso al dólar por ley: un peso, un dólar. La inflación se detuvo. Pero el modelo dependía del endeudamiento permanente y de que el peso mantuviera un valor artificial. Cuando dejó de entrar plata, el castillo se derrumbó. En 2001, con más de la mitad del país bajo la línea de pobreza, Argentina declaró el default más grande de su corta pero intensa vida: 95.000 millones de dólares en bonos que dejaron de pagarse.
Kirchner llegó en 2003 y reestructuró esa deuda con una quita del 65%. Pagó al FMI completo en 2006: 9.810 millones de dólares de un solo pago. La deuda pública cayó del 166% del PBI en 2002 al 38% en 2011. Hubo años de crecimiento sostenido, de recuperación del empleo, de consumo interno en alza. Pero también quedaron grietas: inflación que no cedía, cepo cambiario, tarifas congeladas, reservas que se licuaban. En 2015 la economía ya no crecía.
Macri volvió al otro extremo del péndulo, abrió importaciones, quitó el cepo, volvió a los mercados. En 2018, con las reservas desangrándose, pidió el préstamo más grande de la historia del FMI: 57.000 millones de dólares. No alcanzó. La economía cayó en recesión, la inflación siguió alta, y en 2019 el fantasma del default regresó.
Julián Zícari, economista de la UBA especializado en historia económica argentina, lo sintetiza así: desde mediados de los setenta, el país sufrió una crisis mayor cada seis a ocho años. No es el promedio de la región. Es una anomalía estadística. Aclarar tambien, que el autor es fuente de esta nota, junto a Henry Kissinger, con su libro On CHINA
Lo que la metáfora revela
Acá entra la pregunta incómoda: ¿tiene sentido hablar de un "siglo de humillación argentino"?
La comparación, obviamente, no es perfecta. Primero que nada, China no eligió su humillación: le fue impuesta con bombardeos y ocupación militar. Argentina, en cambio, construyó la propia. Fueron elites locales las que diseñaron la reforma de 1977. Fueron actores argentinos los que estatizaron deuda privada en 1982. Fueron gobiernos democráticos los que después repitieron variantes del mismo patrón: abrir, endeudar, ajustar, quebrar.
Pero la metáfora sigue siendo útil. No porque haya un enemigo externo - que de hecho si existen - al que echarle la culpa, sino porque deja expuesto una continuidad estructural que trasciende banderas políticas. No importa quién gane: el ciclo se repite. Cambian los nombres, las consignas, los estilos de gestión. Pero la trampa económica permanece, ningun gobierno se animo a cambiar esa reforma inaugurada por el cipayo Martínez de Hoz.
Entre 1980 y 2001 se fugaron del país más de 140.000 millones de dólares, según datos del Banco Central. En algunos años, el pago de intereses de deuda consumió hasta el 30% del presupuesto nacional. ¿Cómo llamar a eso? ¿Fragilidad estructural? ¿Dependencia crónica? ¿Una indemnización autoimpuesta?
Hoy que los chinos están de moda, es interesante ver lo notable del caso chino, no es solo que sufrieron un siglo de subordinación, sino que supieron convertir esa memoria en combustible. El "siglo de humillación" dejó de ser un pasado vergonzoso para transformarse en narrativa movilizadora. Desde 1978, con las reformas de Deng Xiaoping, China creció a tasas promedio del 9% anual durante tres décadas. Sacó a 800 millones de personas de la pobreza extrema. Construyó infraestructura masiva, desarrolló tecnología propia, recuperó peso geopolítico. No olvidaron: aprendieron.
La pregunta que queda
Para Argentina, la pregunta no es si puede imitar ese modelo —el camino chino tiene costos políticos y sociales incompatibles con una democracia—. Creo que la pregunta es más simple y más brutal: ¿somos capaces de sostener un proyecto económico que dure más de cuatro años? ¿Que sobreviva a un cambio de gobierno? ¿Que no dependa de que entren dólares para no quebrar?
Quiero dejar claro, y mas si llegaste hasta acá, es que reconocer el "siglo de humillación argentino" no es resignarse a un destino trágico. Es nombrar lo que pasó. Es ver que lo que parecen crisis distintas son, al fin de cuentas, capítulos del mismo problema. Es dejar de buscar villanos externos y mirar de frente la estructura que nos mantiene girando en el mismo lugar.
Hay algo que la historia enseña: solo cuando se nombra algo, se puede empezar a cambiarlo. China tardó cien años en salir. Nosotros llevamos casi cincuenta. Todavía queda tiempo, pero el reloj no se detiene.


