Los nubarrones avanzan. Se anticipa el invierno y las bajas temperaturas. El viento sur sopla con cierta fuerza y mueve esas masas gaseosas que dicen los baqueanos traen el frío del otro lado de la cordillera. El panorama no debe ser tan distinto de aquel 25 de mayo, a juzgar por las pinceladas de Subercaseaux, fue un día grís y lluvioso y mientras buscamos calefaccionarnos discutimos si hubo o no paraguas.
En el transcurso de este viernes 24, previo al gran día de la libertad, cruzábamos con un amigo unas ideas que giraban en torno a la subjetividad del lenguaje. No sé porque se dio quedarme con ese concepto de la charla y pensar que el relato de esos días de mayo de 1810 se construye sobre diversas líneas de lenguaje cargado de subjetividad. El relato centra su atención en tensiones como si hubo paraguas o el color de las cintas que repartían French y Beruti.
Más avanza la tarde el frío se va apoderando de todo el paisaje. Y detrás de los ruidos que se generan en una transitada ruta 3, surgen con fuerza las estrofas del himno nacional. Un escenario simple. Un grupo de individuos. Un acto de los tantos que se desarrollarán en estos días por el 214 aniversario de la Revolución de Mayo. Y un relato que necesita de la subjetividad para que esos niños de no más que 5 años puedan internalizar si es que se puede, un complejo proceso que desencadenó la ruptura de un sistema y el comienzo de otro totalmente muy distinto. Es lógico en ese contexto, pero en un ámbito de adultos, ya no podemos seguir manejándonos con la subjetividad del lenguaje que construye verdades a medias. La ciencia histórica avanzó a pasos agigantados en estas últimas décadas y nos pone sobre la mesa relatos objetivos que dan respuestas a ese primer gran interrogante patrio “el pueblo quiere saber de qué se trata”.
Leí entre tantas cosas que en esos días de convulsión política, quienes abrazaron banderas de cambio, no se imaginarían hasta donde llegarían esos pensamientos. Rutas, puentes, aviones, adelantos tecnológicos que en ese momento solo podrían haber sido eje de una novela de Víctor Hugo. Pero así fue, de aquel país de caminos de tierra, malones, peinetones y galeras y algún que otro paraguas, nacimos nosotros. Somos la consecuencia de ese día en el que se quebró un modelo para dar vida a otro del cual no se sabían sus resultados.
A los tumbos llegamos hasta acá. Hubo momentos en que el camino fue amigable y otros no tanto. Nos empujaron al oscuro camino de la muerte. Y por suerte para todos retomamos el camino originario. Abrazados a la bandera de la democracia. Por esas vueltas de la historia el presente nos encuentra celebrando un nuevo 25 de mayo. Andamos entre una divisoria de aguas. Como aquel de 1810 entre los que quieren cambiar y los que no. Oid mortales el grito sagrado, con fuerza retumba esa gloriosa letra ante esos niños. Siempre surge la pregunta qué celebramos el 25 de mayo. El arco de niñas y niños que solo entienden de subjetividades es el gran desafío que tenemos todos los argentinos por delante. Cómo nos recomponemos entre las ruinas por las que nos toca caminar, para desplegar los mejores proyectos, para que cada uno de ellos pueda llegar al mejor de los futuros. No tan crítico. No tan gris. No tan desapasionado. Solo el mejor de los futuros.