Hace muchos, muchos años, unos cuantos miles, antes de que Colón descubriera América, por estas pampas bravías habitaba un Dios llamado Phalacrocorax, que creó un príncipe, al que dio luego una compañera. Y se llamaron Amuqom y Amuyá.

Y Amuqom y Amuyá fueron desde entonces para todos los pueblos originarios que los seguirían, lo que Adán y Eva para la humanidad toda.

Como todavía no existía la escritura y menos en estos lados del mundo, esta historia fue contada infinidad de veces, pasando de boca en boca. Porque un día un indio se la contó a otro indio que se la contó a otro más y, así, hasta nuestros días. Lo que pasa es que casi nadie la conoce…

Amuyá era hermosa y su reluciente cabello azabache le llegaba a la cintura. Amuqom era fuerte y moreno, no tenía pelo. Sus numerosos hijos, por lo tanto, eran también negros y solían engalanarse el cuello con una especie de seda amarillenta que los gusanos tejían para ellos y que, en las cálidas épocas de las cópulas, adornaban con un borde blanco. Sus hijos predilectos eran Biguá y Comorán. Ellos eran bondadosos con las otras especies que, a medida que avanzaba el tiempo, iban poblando la Madre Tierra.

Pero un día (siempre hay un día) Biguá y Cormorán, comenzaron a sentirse los dueños de la naturaleza que los rodeaba. Haciendo oídos sordos ante las recomendaciones de sus hermanos, comenzaron a molestar a insectos, peces y otras especies rastreras y voladoras que ya pululaban por la zona.

El Dios Phalacrocorax les llamó la atención.

Ustedes son mi imagen y semejanza – bramó – pero deben respetar a sus hermanos. Y los peces sólo podrán ser sacados del agua para alimentarse, no por el gusto de matar. Si desobedecen, toda su raza será castigada y les recuerdo que la insolencia no estaba entre los valores que les inculqué cuando les insuflé la vida…

Perdón – dijeron falsamente, mirándose con picardía…

Pero Phalacrocorax les leyó la intención y los dejó avanzar, para ver qué hacían. De nada sirvieron los consejos de Amuqom y la hermosa Amuyá… quienes veían con dolor y desagrado cómo un grupo de sus propios descendientes se empeñaban en desobedecer a su creador. Ya no se interesaban por las faenas de la Madre Tierra, aún sabiendo que de ello dependía el futuro de su raza, dificultando a su vez, el trabajo de sus hermanos. Ellos, vanidosos, hermosos, negros y resplandecientes, salían por las noches a divertirse y a hacer notar su superioridad.

Phalacrocorax sufría mucho. Mas no permitiría esa situación y, una lujuriosa noche de verano, hizo caer sobre la tierra la tormenta más portentosa jamás imaginada. Y llovió durante muchos días. Y llovió durante muchas noches. Durante ese verano y hasta que llegó el áspero invierno por esas llanuras. Amuqom y Amuyá, ya viejos, murieron en el fragor de la tempestad. Varios de sus hijos también y sólo sobrevivieron los rebeldes. Aun así, no escarmentaron y, pasado el diluvio que formó una gran laguna, en cuyos alrededores comenzaron a crecer unos arbustos autóctonos que, algunos siglos después, se conocerían con el nombre de talas, en los alrededores de la pampa húmeda.

Biguá y Cormorán siguieron entonces hostigando a quienes suponían inferiores y malgastando las pocas riquezas que empezaban a brotar de la Madre Tierra. Entonces Phalacrocorax, muy enojado, los desterró de su reino y los convirtió en pájaros. En horrorosos pájaros. Ya no eran bellos príncipes y lo único que les quedó de su antigua existencia fue entonces el lustroso plumaje negro y el collar amarillento con una orla blanca.

La subsistencia, a la sazón, se les hizo muy dura y comenzaron a vivir en grupos con sus descendientes (también pájaros, también feos) rodeando la ancestral laguna y desconfiando de todos. En recuerdo de aquel período en que todo era tan seco y como un castigo hereditario, las zonas y árboles sobre los cuales se posan, se transfiguran en inviernos cenicientos y huraños de toda vida posible. Ello se debe a la acidez de sus fecas que, por punición a su soberbia, los haría desagradables por toda la eternidad.

Hasta el día de hoy y por temporadas aparecen en bandadas por la Laguna de Monte, dejando oír sus chirridos: biguá-biguá-biguá. Sus ojos son rojos de tanto llorar por no haber obedecido a su dios. Ellos quisieran contar que eran príncipes, pero ¿quién les creería?