Ese jueves a la mañana, a la vera de la Ruta 3, con un cielo de lana gris y olor a chicharrón tibio, Luis “Pipo” Pérez esperaba el colectivo para irse a Epecuén. Pero no lo hacía en su casa, ni en un bar, ni bajo techo. Lo esperaba en su puesto, un carrito montado con una Fiorino vencida por el tiempo, que parece enraizada en el cruce del semáforo y el pasaje que lleva al Barrio Unidad Nacional.

"De chico corría los 100 metros llanos, era rápido, el profesor que me instruía era el cacho Cuartas. Después la vida me llevó por el fútbol y el trabajo rural, pero siempre corría en todo lo que hacía. Hasta un patrón me preguntaba por qué corría para hacer los mandados. Era costumbre. Y la sigo teniendo.”

A esa hora, 11:04 un número, para él, según algún reloj ajeno, tan abstracto como irrelevante, el viento le movía apenas la campera, aunque no parecía sentirlo. Vestía alpargatas, como siempre. Las alpargatas son su protesta. Su herida. Su promesa.

"Me dediqué a las granjas de pollo y perdí el estado físico. Un día probé andar en bici y no pude. Fumaba desde los 18 años. A los treinta y pico dejé el cigarrillo y me puse a hacer mountain bike para dar el ejemplo a mi hijo. Él dejó, pero yo me enganché.”

Un camión tocó bocina. Pipo saludó con la mano. Otro vecino le gritó “¡eh, campeón!” desde la ventanilla. Él respondió con una sonrisa abierta, casi infantil, y volvió a nuestra conversación como si acomodara los panes que vende.

“Un día se suspendió una carrera de bici y Daniel Morales, un señor atleta de los que tenemos acá en monte, me dice flaco dice corré, largá... Me dolió hasta el alma, salí tercero pero corriendo como vaca, me dijeron. Me gustó y así me dediqué a correr de verdad.”

Pipo tiene más de 60, pero corre como si todavía tuviera que probar que puede. Habla con fluidez, con chispa, con un fuego que no necesita demostrar lo que vale. Y nunca desde el resentimiento, sino desde el impulso, el que lo llevó a amasar cuando se quedó sin trabajo, a entrenar solo, cuando no lo anotaban en las carreras por “viejo”, a correr ultramaratones con un calzado sencillo.

"La cabeza te presiona en la vida. Es que todo lo que vos vas a hacer, primero tenés que creer que lo podés hacer, si no ni te levantás ese día a la mañana.”

A Pipo le brillan los ojos como si fueran de otro material. O quizás de otra época. Habla de su compañera Fabiana con la efervescencia de un adolescente. De las Islas Malvinas como quien aún quiere correr sobre un anhelo pendiente. No reprocha. No se queja. Corre.

Como si al tocar la tierra con la tela cruda de las alpargatas, entrara en contacto con algo más. Algo que no entiende de sponsors, ni de algoritmos. Algo que simplemente avanza.

"Yo a los 7 años crucé la laguna del totoral hacia atrás... Muy salvaje me crié."

El cuerpo en movimiento.

Dice que no puede usar zapatillas. No porque no quiera. Porque el cuerpo ya no se las banca. “Me sacan ampollas”, dice, como si hablara de una vieja pelea entre dos materiales incompatibles. Pero eso vino después. La historia empieza en el año 2000, en un horno.

"Esto nació en el 2000. Trabajaba en una fábrica de alimentos, me pagaban 15 pesos por día y me explotaban. Un día le dije al patrón que no me iban bien las cosas -estaba flojo de ropa, nafta y comida, con dos hijos que mantener-. Me dijo que si me iba me moría de hambre. Ahí decidí que me iba a la mierda. Empecé a juntar barro los días de lluvia y me hice mi propio horno de barro.”

Por ese entonces, Pipo trabajaba en una cerealera que fabricaba alimentos para animales. O mejor dicho, ya no trabajaba, porque como tantos otros, ya no le pagaban. Tenía más tiempo que certezas y empezó a hacer pan. Levantó un horno de barro con sus propias manos y lo prendió. Un día, descalzo, pisó una brasa. La quemadura le impedía calzarse nada sin que el pie le ardiera. Faltaban diez días para una carrera en Las Heras. Ya estaba anotado. No iba a faltar.

"Me hice una ampolla. Quedé rengo. Voy a buscar algo y me olvido y hago esto. Y ahí me di cuenta que corría hasta ahí."

Usó sus alpargatas. De entrecasa. Se dio cuenta que por la forma de pisar, saltando en el empeine, no le dolía. Corrió. No solo pudo: le fue mejor que nunca. “Me sentí más liviano”, recuerda. “Volaba”. Desde entonces, nunca más volvió a las zapatillas. Una promesa no escrita: correr siempre en alpargatas, hasta el final.

"El domingo corrí en alpargatas, me compré un par de alpargatas y fui. Y no solo pude correr, bajé los tiempos, fui mucho más veloz, más ágil, terminé más entero y dije no, yo esto no lo dejo más. Me pasó el accidente que fue para bien."

Hay algo profundamente físico en esa decisión. Un vínculo con la tierra. Una forma de leer el terreno, conversando con el camino.

"Siempre digo: hay carreras que las gané por velocidad y otras por inteligencia. En el Chaco, vine de una lesión, largué último y fui superando gente con un ritmo parejo. Alcancé a un pibe joven que iba explotado y le dije que se enganchara conmigo para no perder la posición. Quedé hablando solo, cuando miro estaba 25 metros más atrás agarrándose.”

Parece exagerado. Hasta que lo ves correr.

Amasar, correr, vender.

Luis Pérez vende pan a la mañana, entrena a la tarde y corre los fines de semana. El orden puede variar, pero no la esencia. Amasa distancias, camina decisiones, levanta el día. Su puesto está justo en una encrucijada.

“Yo el horno me lo hice yo. Cuando me quedé sin trabajo, empecé a amasar. Después empecé a vender. Primero a los camioneros. Con una bolsita con seis panes salí por la ruta."

Su paso por la municipalidad desde el 2005 hasta hoy tuvo el ritmo de una carrera.

“Un día me presenté... me dormí, llegué tarde. Estaba Carlos y me dice: '¿Llegaste tarde, Carlitos?'. Le digo: 'No importa'. Y él me dice: 'Andate para tu casa y arrancás mañana a la noche'. Le digo: No, no, dale arranco hoy, no importa, te lo regalo'.”

Esa misma noche empezó a correr detrás del camión, “tirando bolsas nomás”, un trabajo que hizo suyo durante casi veinte años hasta un accidente que lo llevó a la vigilancia.

“Y ahí pienso quedarme hasta que si Dios quiere hasta que me muera.”

Unas veces, después de su jornada como empleado en la playa de camiones, vuelve al puesto. Otras se va a entrenar con la bici, otras a pie. Hay días que hace 12, 15, 20 kilómetros. Cuando tiene una carrera cerca, se exige más. Pero no hay planificación. Su método es otro, se entrena al ritmo del cuerpo, con la escucha afinada.

“Entreno todos los días. Aunque no pueda salir, me mentalizo. El cuerpo está preparado todo el año.”

Sin reloj inteligente, ni entrenador personal. Hay campo, viento y asfalto. Hay barro. Hay una ruta donde los camiones le tocan bocina y los chicos le gritan desde las bicis. Y hay una obstinación sin estridencia.

"Yo ya tengo armado el plan de carrera del domingo, para tener una idea de lo que voy a hacer, cómo la voy a correr."

Vender pan no es un trabajo aparte. Es parte de la misma respiración. A veces regala tortas fritas a los chicos que pasan. A veces vende rifas para costear los viajes a las competencias. Todo está tejido.

Lo que no se ve en el podio

No todas las victorias de Pipo aparecen en las fotos. Algunas suceden en silencio, fuera de campo. Una vez, recuerda, le negaron la inscripción.

“Me dijeron que no me anotaban porque era grande. Pero después me anoté solo y salí primero.”

Lo cuenta sin enojo, como si hablara de un trámite de rutina. Pero la escena revela el sesgo que todavía asocia deporte con juventud y descarta al resto.

"A esta altura, sé que vendrán más dolores. Es la edad. Pero te va a doler igual, así que hay que seguir adelante. Cuando me preguntan hasta cuándo voy a correr, digo que hasta vencer al tipo de 114 años que seguía entrenando. Tengo 61, estamos a mitad de camino. Hay que ponerle onda e incentivar a que la gente se mueva, que no pare.”

Pipo no lo dramatiza: busca otro camino, en ese caso pagó la inscripción. Corrió más rápido. Y ganó.

"Lo mío es calidad de vida, no es buscar el podio, si bien a veces lo logro sí, pero lo mío es buscar estar bien físicamente. Estar activo, movimiento, no la competencia."

La quemadura, la alpargata, el prejuicio por la edad, pueden leerse como “dificultades deseables”: condiciones adversas que obligan a inventar una táctica inesperada.

"Porque es lindo cuando estás bien entrenado, cuando la carrera es corta es fácil llegar. Pero son las adversidades. Vencer las adversidades. Eso, eso es lo que uno muchas veces compara la vida con una carrera. Es igual, es igual."

En Pipo, la alpargata cumple esa función: un accidente fortuito, fruto de la necesidad, que lo empujó a un terreno no convencional. Mientras otros confiaban en la tecnología de las zapatillas y el marketing de las marcas, él descubrió una herramienta más austera, más sensible al terreno. Lo que parecía carencia resultó potencia.

"He largado carreras con gente en silla de ruedas y no videntes. En la montaña, te mata eso. Corren. ¿Qué necesidad tiene una persona no vidente de andar en un cerro?”

Fabiana, la comunidad y las islas pendientes

La otra ventaja de Pipo: se llama Fabiana.

“Me banca en todo. Se encarga de todo. Si no fuera por ella, no estaría compitiendo.”

A su lado también la comunidad de Monte que lo sostiene: los vecinos que compran rifas, las empresas que pagan inscripciones, los ciclistas que lo acompañan en los fondos largos. Cada bocina de camión que pasa frente a su puesto es un recordatorio de que no corre solo.

Su sueño más grande es correr en las Islas Malvinas con alpargatas.

“Me lo prometí. Pero es caro. Por ahora no se dio.”

Lo dice sin rencor, como quien habla de algo que sigue ahí, esperando.

Ese jueves a la mañana, mientras esperaba el colectivo para Epecuén, Pipo no se quedó quieto. Prefirió trabajar: vendió pan, regaló tortas fritas a los chicos, saludó a su gente. El cielo seguía gris, el viento apenas corría. Él estaba listo para correr.

"Tuve una idea para la plazoleta: hacer una bicisenda y poner juegos de gimnasia para gente mayor. Un espacio donde puedan moverse, caminar, sentarse a tomar mate y encontrarse con otros. La idea es que la gente salga, se mueva y comparta. No se trata de ser campeones, sino de que todos puedan hacer algo. Que esto quede como ejemplo para que otros lo copien y promuevan la movilidad.”

Luis Pérez no corre para llegar. Corre para no detenerse. Correr no es el fin. Es la forma de mantenerse en marcha.