La actividad pública debe tener como eje rector bregar por el bienestar y progreso de la comunidad en su conjunto, obviamente, esta ardua tarea nunca finaliza, siempre habrá algo por mejorar.

Esta actividad, según lo observamos, lleva en su interior la llama del crecimiento vital que es obtenido por las voluntades y esfuerzos de muchos. No hay mesías, solo almas que se esfuerzan por mejorar, aunque sea paradójico, muchas veces el camino es descendente en una constante variable de errores.

Progreso cultural, avance material, ambos deben ir de la mano. La función pública como la privada deben marchar mancomunadamente hacia una meta, la del desarrollo. Tiene que existir visión, no solo pensar a nuestro Monte en un cortísimo plazo; debemos proyectar seriamente el Monte que devendrá en las posibilidades que tendrán nuestras próximas generaciones. Todo padre y madre desea para sus retoños mejores circunstancias, más prosperas condiciones de trabajo, mejor nivel cultural, mejores costumbres, más acertados criterios de vida, de las que tuvieron en cuestión. Para ello, como lo dijimos, se necesita entendimiento, metas.

Las tareas imprescindibles para una comunidad en marcha, necesita necesariamente no quedarse atrás en el camino del progreso. Los muchos que se quedan en la vera del camino, a la expectativa de lo que se está realizando en nuestras instituciones, son en parte un lastre, o bien una carga para los pujantes de espíritus laboriosos.

La actividad pública como la privada conlleva sacrificios, visión, resiliencia. Monte puede ser el lugar que soñamos.