Había sido un cachorro inquieto y travieso. A los seis meses ya demostró un gran ímpetu en el entrenamiento, siempre atento y dispuesto. Los cuidadores notaron que era especial. A los cuatro años, cuando decidieron que ya estaba listo, avanzaba a la delantera de la formación con ritmo constante, pero con cuidado olfateando el suelo, moviendo la cabeza de arriba abajo, tratando de interpretar las sutiles señales que pudieran revelar una grieta en la superficie nevada. Caminaba como en cámara lenta, exagerando la longitud de los pasos, eligiendo el lugar donde apoyaría sus patas delanteras, como tanteando el terreno que se abría frente a él.

Un testigo agrega: "En determinado momento se detenía y volvía la cabeza hacia atrás, hacia el conductor. La mirada de Poncho se clavaba en el hombro y, a una señal de éste, el animal comenzaba a caminar en zig-zag hacia los costados, como bordeando un obstáculo ancho que sólo él podía percibir. Y volvía a mirar hacia atrás nervioso. Aquello era la manera de indicar el animal que estaban frente a una grieta". Dicen que sus avisos nunca fallaban.

Fue durante los preparativos de la llamada 'Operación 90', en la que participó en una de sus misiones más destacadas: es en la que un grupo de argentinos llegó por tierra al Polo Sur en el año 1965. Un avión Cessna que debió operar como unidad de apoyo para los expedicionarios en tierra tuvo un aterrizaje de emergencia y, si bien todos resultaron ilesos, estuvieron a la intemperie varios días y por el temporal se decidió salir por tierra al rescate. Poncho lideró uno de los trineos y al cuarto día fue él quien los detectó en medio de la inmensidad. Aún sin haber visto el avión caído, aceleró el paso apenas pudo olfatearlo. Lo abrazaron cuando llegó con una alegría inmensa. Tres años más tarde volvió a encontrar el lugar para ayudar en la recuperación y transporte de las partes reutilizables de ese avión. Otra hazaña.

Otra hazaña… un investigador contó que, en un ejercicio de búsqueda y rescate, además de los tres perros se lanzarían desde un helicóptero un trineo desarmable, víveres y elementos de supervivencia; y desde otro aparato, unos minutos antes, saltarían dos oficiales.

Se abrió la puerta y Poncho, en primera fila, fue lanzado en paracaídas al vacío. Durante el descenso los perros instintivamente movían las patas como cuando nadan en su estilo perrito. Llegaron a tierra sacudiendo la cola de alegría. Se ensambló y cargó el trineo. Poncho lideró la tira de perros y para la noche la misión de rescate había sido un éxito y recorrieron los 30 kilómetros de regreso a la base.

Siguieron sus hazañas en el tiempo y su mito crecía. Cuando estuvo en edad de retirarse, uno de los exploradores de la Operación 90 lo llevó a su casa de Ushuaia. Una mañana de primavera ya no despertó. Pero vivió 18 años, una edad bastante alta para este tipo de animales de trabajo.

Cuentan que una vez estaba enfermo habían propuesto sacrificarlo pero no: su dueño o su protector dijo que no, que Poncho era fuerte y lo iba a resistir. Y sí: vivió un año más.

Esta fue una síntesis de uno de los relatos del libro Antártida, de Agustina Larrea y Tomás Balmaceda.

El perro polar argentino fue una raza canina extinta que se creó para el Ejército Argentino con el fin de equipar sus bases antárticas en funciones de transporte como perros de trineo. Fue un cruce entre las razas Husky Siberiano, Alaskan Malamute, Groenlandés y Spitz Manchuriano. El perro polar argentino era un perro de gran tamaño, que podía pesar entre 52 y 60 kilogramos, y tenía un pelaje espeso y triple que lo protegía del frío. También tenía una capa adiposa subcutánea de dos centímetros de espesor. El perro polar argentino fue entrenado para tirar de trineos y detectar grietas en el hielo, una tarea vital para la seguridad de los exploradores. También participó en misiones de rescate, investigación y soberanía en el continente blanco. El perro polar argentino se extinguió en 1994, debido al Protocolo de Madrid que prohibió la presencia de especies no autóctonas en la Antártida.