Es muy común entrar a las instituciones y encontrarnos con la famosa rifa que permitirá comprar tizas, hojas, insumos o sostener alguna de las tantas actividades que demanda la vida escolar. Alcanza con seguir las redes de las instituciones para darnos cuenta de que son las comunidades educativas las que tienen que sostener en muchos casos gastos diversos. Esto también es parte de la crisis por la que atraviesan las instituciones y la educación.
Asombra saber, por ejemplo, la logística en recursos de muchos alumnos, no solo los que salen del distrito; en estos casos, el esfuerzo es enorme. Más cerca, los que vienen de las zonas periurbanas, como Abbott, invierten unos 50,000 pesos al mes en una proyección muy simple de gastos. Esto solo sería un vuelto, pero es mucho si tenemos en cuenta que hay salarios promedios en nuestra localidad que rondan los 100,000 pesos. Y esto celebrando que esos alumnos provengan de familias que pueden decir "tenemos trabajo".
Los datos son estimados porque en el distrito número 3, por poner un orden en el ranking de transparencia, poder acceder a la información pública es más difícil que entrar a la biblioteca de un monasterio medieval y acceder a los pensadores antiguos. Es más fácil llegar al Archivo de Indias que a la información de la municipalidad. No obstante, algunos datos estimados se filtran y así sabemos que mientras escuchamos los coletazos de la última sesión del HCD, donde se llevó a cabo un debate entre verdades y mucha demencia fingida, como dice un amigo, y en el cual el oficialismo rechazó de plano el Proyecto del Boleto Estudiantil, al 24 de mayo pasado el Fondo Educativo rondaría los 79 millones de pesos. Los números me exceden, pero si pensamos que los docentes ponemos dinero para comprar rifas para solventar gastos, no alcanza mi imaginación cuántas cosas podríamos comprar. Por ejemplo, una caja de tizas vale 1,425 pesos, una resma de papel vale aproximadamente 7200 pesos y una caja de té x 100, 3,095 pesos. Son solo datos para que reflexionemos si con un numerito se hacen tantas cosas, si el Fondo Educativo fuera a las escuelas y no a la ronda financiera, se podrían hacer muchas cosas más. Otra cosa importante que podemos aprender de la tan comentada sesión es que deberíamos, como comunidad y las estructuras partidarias en particular, más si tienen el mandato popular de representación, comenzar a debatir y a discutir números y estadísticas, porque eso nos daría una dimensión más clara de las condiciones en las que viven muchos montenses.
Dice la versión popular que quien esté libre de culpa tire la primera piedra. En el fragor del debate legislativo se plantearon análisis sobre qué se aprende o no en las escuelas y para qué servirá eso. Esos dichos y esos subjetivos planteos son tan viejos como la historia del viejo fortín. Todos hemos escuchado alguna vez de nuestros alumnos "¿para qué sirve esto?" y de hecho todos los que estaban sentados en las bancas ese día también lo dijeron en sus épocas de alumnos. El tema es que esa es una pregunta básica a la que los docentes nos decían "ya te darás cuenta" y así avanzábamos por la vida hasta que nos dábamos cuenta de que eso que aprendimos en la escuela era la clave para acceder a la vida misma. Los dichos vertidos sobre el valor de la educación son tan drásticos como el silencio de muchos ante las problemáticas que afectan a muchos conciudadanos. Desproporcionados y quizá descontextualizados. En parte son injustos y en parte dejan ver un trasfondo de cosas que pasan en las escuelas que requieren de grandes debates. Podemos hacer mucha leña del árbol caído o ver cómo regeneramos el bosque. Por lo pronto podríamos, más que agrietar más la cosa, sin que esto implique que las responsabilidades ante los dichos no existan, buscar alternativas de encuentros y posicionarnos sobre esas ideas no desde el asombro sino como un espacio para reflexionar sobre las cosas que pasan en las escuelas. Pareciera esconderse detrás de ese frío análisis un concepto de escuela que es el de la trascendencia. Una escuela que tenía razón de ser en la lógica del mundo, el de las certezas del progreso. Todos los concejales y muchos de los lectores de estas reflexiones somos producto de esa escuela. Por lo tanto, vaya si lo que aprendimos en ella nos sirvió. Ahora esa escuela ya no existe. "Hoy la escuela es pensada desde la inmanencia, ya no descansa en la alianza con las familias, no puede anticipar el futuro laboral y tiene que crear en la práctica cotidiana sentidos que sostengan su hacer".
Tal vez la concejal y los concejales, sin saberlo, están caotizando el aula, desacralizándolo, rompiendo una parodia que ya no resiste mucho tiempo más. Andar por otros territorios, ordenar, desordenar y volver a ordenar de otras maneras... quién dice que de esos espacios donde parece ser que se aprende poco, vengan los nuevos aires que la política está declamando hace tiempo y que la sociedad expresó con sus votos en las urnas… Ante tanta globalización que nos asedia, saber o no saber puede ser un detalle clave.


